
D. José María Hernández Garnica sintió siempre un profundo amor por los distintos Papas que conoció, y predicó frecuentemente la unión con el Romano Pontífice y la oración por su persona e intenciones.

Aprovechando que su sepultura se encuentra en la iglesia de Santa María de Montalegre, cada día se rezará ante sus restos una estampa para la devoción privada pidiendo su intercesión por los frutos de la próxima venida de León XIV a Madrid, Barcelona y Canarias. Te invitamos a unirte a esta iniciativa de los Amigos de Chiqui rezando también cada día una estampa con esta intención. La tienes aquí a tu disposición.
Que Chiqui se tomará con interés esta petición lo corrobora la siguiente narración de la fe y devoción con que vivió la unión con los distintos Papas que conoció.

El primer apunte es la oportunidad que tuvo en octubre de 1948 de asistir a una audiencia con el Santo Padre Pío XII. Llevaba entonces cuatro años de sacerdote y san Josemaría, que se había trasladado a Roma en 1946, deseaba que varias personas del Opus Dei pudieran saludar al Santo Padre para que conociera de primera mano la labor que se estaba desarrollando en el mundo. Uno de ellos fue Chiqui.
Viajó a Roma el 21 de octubre de 1948 después de prepararse interiormente para aquel encuentro. En una carta al beato Álvaro del Portillo, fechada el 14 de octubre, le decía en referencia a su viaje a Roma: „Esta noche me dan el visado de salida, así que si el Padre no dispone otra cosa, iré seguramente el jueves próximo. Ya comprenderás que tengo una alegría enorme”.

Nada más llegar a Roma, ese mismo 21 de octubre, escribió a san Josemaría, que se encontraba fuera de la ciudad eterna. Lo hace con una sencillez desarmante y su característico sentido del humor: “Le escribo después de cenar, en la ciudad del Papa. Hice un viaje muy bueno. (…). Tengo ganas de ver muchas cosas, para hacerme un «charlatán» y contar muchas cosas a la vuelta. Veremos si me quedo en propósitos únicamente. Álvaro pide mañana la audiencia con el Santo Padre. Veremos si no hago el tonto y sé decirle las cosas que sean útiles, bien, clara y brevemente. Pida, Padre, para que no haga el tonto ese día y no esté hecho un pasmarote”.
Aunque no se conservan más datos de aquella visita al Santo Padre, dejó en su alma una devoción muy profunda, que se manifestó a lo largo de toda su vida.
Diez años después, en 1958, falleció Pío XII. D. José María llevaba un año viviendo en París y, con este motivo, escribió a san Josemaría el 14 de octubre: “Dijimos los sufragios por el Papa y todos le hemos encomendado en nuestras oraciones y sacrificios. Rezamos para que el Espíritu Santo ayude a la persona que sea designada para suceder al Papa Pío XII“.

Tras la elección de Juan XXIII, el 4 de noviembre expresó en otra carta a san Josemaría su alegría por el inicio del nuevo Pontificado: “Nos ha dado mucha alegría el que ya tengamos Papa y pedimos por su persona y todas sus intenciones”.
En 1963 estuvo muy pendiente del fallecimiento de Juan XXIII y de la elección de Pablo VI. Así lo manifestaba en una carta escrita desde Colonia a san Josemaría el 23 de junio de 1963: “Me enteré unas pocas horas después de salir de Londres que el Cónclave había elegido nuevo Papa. Estoy seguro, como Vd. decía, que será el que más nos conviene y ya rezo por su persona para que haga mucho bien a la Iglesia durante su reinado”.

Su amor a la Iglesia y al Santo Padre se mantuvo siempre vivo, y ofrecía su vida por esta intención, como recordaba D. Florencio Sánchez Bella en su testimonial para el proceso de canonización: “En las conversaciones con Chiqui durante aquellos días, le vimos contento y optimista con la labor apostólica que se realizaba en Alemania, a pesar de que no era nada fácil sacarla adelante. Mostraba una gran esperanza en los resultados del Concilio Vaticano II, que se estaba celebrando. Tenía mucha caridad y sentido sobrenatural ante los escritos o las voces desacompasadas que difundían algunos teólogos alemanes, en abierto contraste con el magisterio eclesiástico. Confiaba en la acción del Espíritu Santo y en las conclusiones conciliares”.
Lo corrobora también el testimonio de D. Eusebio Bazán, que le acompañó en 1972, en los últimos meses de su vida: “No le importaba absolutamente nada ni su diagnóstico, ni su salud, ni su futuro; ni tampoco el morir. Tan sólo le preocupaba en la medida que le afectara a nuestro Padre. A su vez, notaba una gran paz, porque no se sentía ni necesario ni imprescindible, como lo pudo ser, en cierta medida, en otros momentos de la historia de la Obra en los que nuestro Fundador se apoyó, de modo muy especial, para la expansión del Opus Dei, en los primeros que estuvieron a su lado. Ahora, manifestaba que no tenía esa preocupación, porque la Obra ya estaba desarrollada en todo el mundo y su papel era —y así lo hacía y había hecho siempre— ofrecer su vida y su enfermedad por el Padre y sus intenciones, por el Papa, por la Iglesia y por la Obra. Y por eso, tenía una gran paz y sentía un gran abandono en cumplir la Voluntad de Dios, también en esos momentos de inactividad, por su enfermedad”.
