Gente rezando en la tumba de Don Chiqui

La «audacia» sobrenatural del beato Álvaro

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Una visión esperanzada y optimista de la misión apostólica: «Me acuerdo de la pesca milagrosa y de lo que dijo san Pedro: in nómine tuo, laxábo rete. Pienso en lo que ha dicho el Padre y sé que, obedeciéndole, obedezco a Dios»

Se recogen dos párrafos de una carta pastoral de Mons. Javier Echevarría, de 1 de junio de 2014, con un recuerdo del siervo de Dios José María Hernández Garnica que pone de manifiesto la audacia sobrenatural del beato Álvaro del Portillo, que marcó toda su vida. Es una buena consideración en el día de su aniversario.

El Venerable Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo
El beato Álvaro del Portillo
11-III-1914 – 23-III-1994

La esperanza llevaba a don Álvaro a no detenerse ante las dificultades. Desde que se incorporó al Opus Dei, en 1935, realizó ya un apostolado constante y optimista, convencido de que Dios siempre le asistiría; y en esa actitud perseveró hasta el final de su vida. Nadie que pasara a su lado, por cualquier motivo, se alejaba sin llevarse una oración suya, unas palabras de interés por su familia o su trabajo, un consejo espiritual… No se detenía ante la categoría de las personas: únicamente veía almas que el Señor ponía a su lado: el portero de un edificio, el bedel de un dicasterio de la Santa Sede, la azafata o el sobrecargo del avión en que viajaba… Así procedía también con las autoridades eclesiásticas o civiles, que incluso le llevaban muchos años de edad o gozaban de clara relevancia en la vida social. En ningún caso se detuvo por falsos respetos humanos. Acudía a esos encuentros, fortuitos o programados, con la seguridad de que el Señor le asistía, pues había visto ese ejemplo en el quehacer de san Josemaría.

En 1972, don José María Hernández Garnica, antes de fallecer, quiso redactar un memorándum en el que refiere su asombro ante el « atrevimiento » de don Álvaro —antes de recibir la ordenación sacerdotal— para realizar gestiones ante cardenales y obispos, ante ministros de un gobierno, ante autoridades locales. Como narran algunos de los biógrafos de don Álvaro, una vez el mismo don José María le preguntó si no se sentía poco a su aire, falto de seguridad, en ese tipo de encargos. La respuesta, llena de fe en Dios y de confianza en el ejemplo de nuestro Padre, fue ésta: «Me acuerdo de la pesca milagrosa y de lo que dijo san Pedro: in nómine tuo, laxábo rete. Pienso en lo que ha dicho el Padre y sé que, obedeciéndole, obedezco a Dios» (cfr. Salvador Bernal, Recuerdo de Álvaro del Portillo, Rialp, 6ª ed., Madrid 1996, p. 79; Hugo de Azevedo, Missão cumprida, Lisboa, Diel 2008, p. 101).