Una persona conocida había encargado unos trabajos de reparación en un domicilio familiar. Como no podía seguir de cerca la realización del encargo que estaban haciendo unos profesionales que no conocía, estos trabajaron varios días solos, sin la conveniente vigilancia.
Una vez terminada la tarea satisfactoriamente, se dio cuenta uno de la familia de que no estaba en su lugar un cuadro antiguo, de tema religioso, sobre la Sagrada Familia, y de valor ciertamente afectivo. Tuvieron un sobresalto, con la impresión de que quizá había sido sustraído. La reacción inmediata fue la de serenarse, y dirigirse enseguida a san Josemaría Escrivá de Balaguer, en quien, entre todas las virtudes que se le reconocían en vida estaba un gran sentido de la justicia, para pedirle ayuda. Fue inmediata la plegaria, para rogarle que añadiera su petición al siervo de Dios, José María Hernández Garnica, sobre el que tanto ascendiente había tenido sobre él en vida, para que intercediera con objeto de que se hiciera la luz y no recayeran sospechas sobre nadie acerca de esa desaparición. Volvieron el día siguiente al lugar del problema, y vieron que el cuadro, estaba en otro lugar, fuera de su sitio, en un lugar no fácilmente visible, seguramente porque se había perdido el clavo que lo sustentaba, y había que dejarlo bien, provisionalmente, en otro sitio.
Dieron gracias a Dios, por no haber hecho ningún falso razonamiento sobre las causas de esta falta, y no haber realizado ninguna gestión inútil o indebida con los que habían trabajado allí, que hubiera podido redundar en detrimento de su honorabilidad y su tranquilidad personal.
Me atrevo a pedir que conste como un favor de los dos hombres de Dios, ya que tan identificados estuvieron en vida en la tierra, y lo están ahora en el Cielo, y Dios sabe en qué grado hay que atribuirlo a uno y a otro.

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