
Desde su juventud, por la lesión renal que padecía, había tenido una salud delicada, pero no por ello dejó de llevar una vida normal, o realmente quiso llevar vida normal a pesar de sus dolencias. Como resaltaba Francisco Ponz en su testimonial:
“Siempre fue un buen enfermo, en el sentido de que no se oponía a las prescripciones médicas, procuraba dar el menor trabajo posible a quienes le atendían, no solicitaba ningún plato especial, no mostraba impaciencias, ni se veían en él lamentaciones o gestos de mal humor; al contrario, con frecuencia convertía sus dolencias en ocasión de comentarios jocosos, divertidos”.
Con ocasión de una de las operaciones del cáncer de piel, volvió a manifestar su total disponibilidad y desprendimiento de sus cargos de gobierno en el Opus Dei. Se lo escribía a san Josemaría desde Colonia el 5 de marzo de 1962:
“Aunque creo que voy bien después de mi operación, para mí es imposible saber cómo quedaré de salud después. Los cargos son servicio y, por tanto, creo que debo ponerlo a su disposición. Padre, bien entendido que con esto lo único que quiero es dejar libertad para hacer lo que más convenga. Yo estoy dispuesto a trabajar donde sea y con lo que sea”.
vid. Roturando los caminos, José Carlos Martín de la Hoz, Ed. Palabra 2013


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