Cuando visite a mis ancianos padres me contaron que se habían perdido las llaves de la casa. Mi padre me pidió que fuera a la ferretería para hacer una copia con la llave original que conservaba en casa. Al parecer las había extraviado mi madre que padece Alzheimer y aunque habían buscado por todos los lados no las encontraron. En la ferretería me advirtieron que se trataba de un modelo de seguridad difícil de copiar. Así y todo me anime a hacerla ya que se comprometieron a intentarlo de nuevo si no resultaba bien.
Al regresar a la casa mi padre quiso probar inmediatamente: primero, por fuera, y esta abría bien, luego por dentro. Con la puerta cerrada probamos la llave por dentro, dimos dos vueltas y se manejaba bien, pero al querer abrir la llave se atascó. De ninguna manera podíamos abrir.
Mi padre se puso nervioso. Primero, echó lubricante para facilitar el giro y no resultó. Después quiso llamar a mi hermano para que viniera a la casa e intentara algo desde el exterior. Viendo que sufría, le anime a desayunar tranquilamente, que lo intentaríamos de nuevo. Lo hice con intención de intentarlo sola y rezando con fe a la vez.
Pensé a quien acudiría. Me decidí por D. José María. Me dirigí recordándole que ya que no me había concedido otro favor, bien podría concederme ahora este. También añadí que lo pedía para que mi padre quedara contento y tranquilo. Además si no se arreglaba no podía recibir a la señora de la limpieza que estaba a punto de llegar ni yo podría volver a mi domicilio hasta que viniera un cerrajero. Prometí escribir este favor si lo concedía.
Con fe pedí su ayuda y después de forcejear la llave cedió, giro y pudimos abrir.
Le explique a mi padre que había pedido ayuda a un santo que era ingeniero y se llama José María Hernández Garnica. Se alegró y asintió.
A.L.J (San Sebastián), 21-IV-2014
Enviado desde mi iPad

Leave a Reply